Una vida en aulas para enseñar a pensar.

La profesora de matemática, Mercedes Zapata nos acercó este texto para compartir.

¡Gracias por colaborar!

 

Alos 86 años Margarita Oría de Chouhy aún da clases.

 

Algunas tardes decide pasar la película “Donald en el país de la matemática”, en la que el famoso pato de Disney se convierte en un intrépido explorador que enseña la utilidad de esta ciencia y sus curiosidades. Otras, uno de los videos del profesor suizo J.L Nicolet, que durante los años 40 grabó films mudos, de tres o cuatro minutos, sobre propiedades geométricas y enunciados de teoremas.

Y siempre lleva un pequeño bolso del que saca varillas de metal, tablas a dos entradas para aprender y calcular, agujas de tejer, cartones y distintos objetos que enriquecen sus clases.

Hace 66 años desde 1942, que Margarita Oría de Chouhy hace lo que más le gusta en la vida: enseñar matemática. O, según sus palabras, despertar a los chicos, abrirles un nuevo panorama. Ah… tiene 86 años.

Todos los jueves toma u colectivo desde su casa en Barrio Norte hasta Constitución. Y de allí, otro que, después de una hora, la deja en el Instituto del Profesorado Espíritu Santo, en Quilmas, donde enseña a estudiantes de primero y segundo año.

“Voy sentada y leyendo. Y me deja en la puerta del instituto”, cuenta Margarita, a quien es raro oír quejarse de algo. Una de sus alumnas confesará luego: “Es una mujer increíble. Con todos los materiales de trabajo en mano, espera el colectivo, incluso cuando llueve”.

 

Música para un teorema.

 

Amante de la música clásica –toma clases un vez por semana- y de la literatura –lee y habla en francés, inglés, alemán, sueco y algo de italiano-, trabajó durante más de 30 años en la enseñanza pública, hasta que un día, a los 55 años, le pidieron que se jubilara.

“¿Qué iba a hacer? No imaginaba mi vida sin la enseñanza, y elegí la matemática para desafiar a los chicos a pensar. Así empecé a trabajar en institutos privados”, dice esta activa mujer (tiene 4 hijos, 17 nietos y una bisnieta), mientras camina por su casa mostrando las distintas herramientas de aprendizaje que utiliza con sus alumnos.

Para enseñar el teorema de Thales, les hace escuchar a los alumnos el enunciado cantado por Les Luthiers. Sus guías de trabajo comienzan siempre con un soneto de Lope de Vega. Y, a su lado, un simple papel en blanco puede convertirse en una tabla a dos entradas para aprender a calcular.

Es difícil que Margarita deje de hablar de matemática. Todo en la vida, sostiene, está relacionado con esta ciencia. “¡La matemática está en el arte, en la naturaleza, en la música!”, exclama esta apasionada profesora, que en los próximos días planea retomar sus clases de tenis, abandonada hace unos meses por un problema de rodilla.

En el aula, sus alumnos del profesorado de matemática la escuchan con mucha atención. Y todos tienen anécdotas que quieren contar. “Margarita es magnífica. Al principio le decíamos “El libro gordo de petete”, porque sabe de todo. Y tiene una fuerza de voluntad admirable”, cuenta Cynthia Desena, de 31 años. Y Roxana Sánchez, sentada en primera fila, añade: “La <profe> dice que la cocina es química, y por eso a veces nos trae tortas y brownies exquisitos para que probemos”.

A sus alumnas probablemente les falte un dato: Margarita es una expertísima cocinera, que hace años incluso daba clases por televisión el célebre ciclo “Buenas tardes, mucho gusto”. Descendiente de suecos, hoy sigue cocinando las más tradicionales comidas de ese país.

 

Más que una profesora.

 

Para Gisele Billordo, de 23 años, su relación con Margarita va más allá de la docencia. “Nos aconseja como persona. En 2006 dejé el profesorado porque no quería estudiar más. La profe me llamó a casa cuatro o cinco veces y me insistió para que volviera. Y, ya ves, acá estoy”, relata, mientras la profesora recorre los asientos para ver cómo resolvió cada alumno un problema de equidistancias.

La directora del instituto, Marina Ferreres de Mandreoni, la defiende como un canto a la vida. “Sos un ejemplo para todos nosotros”, le dice.

En algo coinciden todos: Margarita nunca falta. Y nunca se sienta. “La única vez que faltó, por una operación en la rodilla, nos mando con una moto desde su casa el trabajo práctico que debíamos hacer ese día –recuerda Paula Ramos-. Y la semana siguiente, cuando volvió con la rodilla todavía lastimada, tuvimos que obligarla a sentarse”.

Cuentan también que cuando las cenizas  le impidieron volver en avión desde Bariloche, se tomó un ómnibus y, tras 19 horas de viaje, llegó a horario para dar clase.

Margarita sonríe afectuosamente, de lejos. Con más de seis décadas en la profesión, tiene sus costumbres. “Descubrí que la matemática se aprende haciendo matemática y no copiando de un pizarrón, porque hay uno que copia y el resto juega. Por eso nunca estoy de espaldas a mis alumnos. Así, puedo ver quién entiende y quien no. Y siempre trabajo con lápiz porque se pueden equivocar y borrar. Odio el marcador porque la burrada que se escribe queda para siempre”, explica.

El tiempo vuela cuando uno habla con Margarita. Ese mismo tiempo que en ella parece no haber aplacado su inquietud por aprender y por enseñar, después de 86 años.

 

Idas y venidas.

 

Margarita recuerda cuando, a los años 60, se ordenó enseñar matemática moderna. “Ocurrió lo trágico: el exceso de conjunto, o conjuntivitis, como le digo yo. Fue espantoso. Empezaron a enseñar cosas abstractas. No se razonaba ni se demostraba. En los años 70 se volvió a programas anteriores, aunque dejó de enseñarse geometría. Sólo conocen el teorema de Pitágoras y los alumnos no llegan preparados.”       

                                                                                                      Por Natalie Kantt

                                                                                                      De la Redacción de La Nación.

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